RINCÓN DE ENTREVISTAS | DAMIANA DE ROY, la abuela centenaria del Carmel

Sin título<<Soplaré 102 velas el día de mi cumpleaños>>

Doña Damiana de Roy nació en 1914 en el seno de una familia humilde de Adahuesca (Huesca). Es madre de dos hijos, abuela de  tres nietos y bisabuela de cuatro biznietos. Hace más de medio siglo que vive en el barrio del Carmel junto a su hija y su yerno, de 82 y 85 años respectivamente. El próximo mes de septiembre soplará 102 velas en su cumpleaños, y lo hará con la misma sonrisa que se le dibujó al enterarse de que sería la protagonista de la revista de su barrio.

Esos ojos azules han visto más de un siglo.
¡Ay, si yo te contara todo lo que he pasado! ¡Todavía no sé cómo he llegado hasta aquí! Nací el año que empezó la Primera Guerra Mundial, pasé la Guerra Civil y una posguerra malísima. Y ahora, me voy a morir en tiempos un poco revueltos…

Los suyos sí que fueron tiempos complicados…
Pues fíjate. Yo era la penúltima de doce hermanos, éramos una familia muy humilde que trabajaba en el campo. No había pan para todos, así que, con 7 años, después de recibir la doctrina y hacer la comunión, me metieron en un tren en Barbastro y me vine para Barcelona a hacer de niñera de la hija de una sobrina. Años después me volví para el pueblo, me casé y formé una familia.

Y estalló la Guerra Civil.
¡Qué tiempos tan malos! Intentamos por todos los medios evitar que mi marido fuera a combatir a la guerra, pero el notario del pueblo no pudo hacer nada. Al final, un día el pregonero nos despertó llamando a todos los de la quinta del treinta para ir al frente, y se fue.

Se quedó sola…
Así es. Me quedé sola con una casa y tres niños que sacar adelante. Pero me sentí siempre muy arropada por la gente del pueblo. La maestra y el herrero de Adahuesca me acogieron a mis niños en su casa para que yo pudiera ganarme un jornal cada día.

Una mujer luchadora usted.
No tenía más remedio. Aunque tenía a mis niños en acogida, por las mañanas iba a lavarlos y darles el desayuno. Luego me iba a trabajar al campo o a los lavaderos para ganarme algo. Pero pocas veces veía un duro. Me pagaban con patatas, judías… Y encima, el poco dinero que podía enviarme mi marido desde el frente, siempre se perdía por el camino.

Pero regresó de la guerra.
¡Gracias a Dios! De donde lo dejaron, tuvo que caminar casi 25 kilómetros hasta llegar al pueblo. En cuanto vino, como no teníamos nada, nos pusimos a servir en casa de unos señores. Nos tenían muy bien considerados. A mí siempre me han gustado las cosas muy bien hechas. Recuerdo que para san Antonio montamos una comida para los sacerdotes de allí alrededor. Uno de ellos se levantó de la mesa y dijo: “No habrá madre en el mundo que pueda parir una mujer como Damiana, siempre atenta y servicial a todo lo que se le pide”. Me llenó de orgullo.

¿Cuándo llega al barrio del Carmel?
Hace más de cincuenta años. Conocía el barrio porque mi yerno tenía familia en Pantano de Tremp, y cuando se casó con mi hija, se fueron a vivir a la calle Lugo. Yo me quedé viuda con cincuenta y cuatro años, con una mano atrás y otra adelante. Nunca había podido cotizar, aunque por suerte, me arreglaron una pequeña pensión por haber sido mujer de militar. En aquél momento fue cuando ya me vine a vivir con ellos a la calle Lugo, y hace pocos años, nos trasladamos a la calle Llobregós.

¿Qué recuerdos tiene del Carmel de aquellos años?
¡Uy! No había más que descampados y torres. No estaba todavía ni el mercado hecho. Y me acuerdo de las primeras tiendas que abrieron como Ferretería Llobregós  o Modas Galerias con Doña Pilar y Don Diego. En este barrio siempre me han dado mucho cariño, me he sentido como en casa.

¿Echa de menos su tierra?
Son mis raíces, le tengo mucho cariño. Allí he hecho la mitad de mi vida y la otra mitad aquí. Cada año voy de vacaciones en verano, tenemos una casita allí. Cuando cumplí  los cien años hicimos una fiesta e invitamos a todos los vecinos del pueblo. Fue muy emocionante. También en el Distrito de Horta-Guinardó me hicieron un reconocimiento.

Con casi 102 años aún sale a la calle cada día…
¡Soy muy activa! Cuando me vine al barrio me puse a coser en un taller de costura de la calle Argimón y me retiré con 70 años. Yo todavía voy sola a comprar a las tiendas de aquí cerquita, paseo por la plaza Pastrana y ayudo en casa todo lo que puedo. Cada domingo voy a misa y me siento en el primer banco para no perder puntada. Siempre he sido muy devota de San Antonio y de las Santas de Adahuesca.

¿Cuál diría que ha sido el mejor momento de su siglo?
Lo mejor de mi vida han sido las bodas de mis nietos. Y también la de una sobrina de San Clemente. Lo recuerdo como algo muy emocionante que me llenó de vida.

Doña Damiana, ¿qué hay que hacer para llegar a su edad?
Eso me preguntan por la calle. Me dicen que estoy muy guapa y que cómo lo hago. El verdadero secreto está en comer muy bien, trabajar poco y fumarse de vez en cuando un cigarro de esos que se fumaba Sara Montiel cuando cantaba aquello de… “Fumando espero al hombre que yo quiero…” (Ríe).

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Fotos: Núria Millàs

 

©FrankPebrett

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